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Niñez, desolación y tristeza, los elementos de la nueva novela de Luis Jorge Boone

Niñez, desolación y tristeza, los elementos de la nueva novela de Luis Jorge Boone

Pabellón es una población desolada: sólo hay mujeres solas y niños. Los hombres están en “el otro lado” o el narco los “reclutó”. Pero esos niños no representan ninguna esperanza, sino que llevan sobre su cabeza el signo de algo más grave que la muerte: el olvido. Es el telón de fondo de Toda la soledad del centro de la tierra, la más reciente novela del escritor coahuilense Luis Jorge Boone.

Por eso, un niño de ese poblado que sale a buscar a los padres que lo abandonaron, pues no se conforma con el amor familiar que la abuela Librada le da, se yergue desafiante de los hados, los dioses, la historia y la realidad. No sabe nada de su padre, pues ni siquiera lo conoció, y lo único que sabe de su madre es que se fue con un hombre que la encandiló.

En casa, la abuela cuida de El Chaparro y sus primos, en un estira-y-afloja entre el gris e inexorable destino, y la también gris y horrenda condena a la que Librada está encadenada, que se pone a beber y, en esos ratos de bofetadas y lucidez dionisíaca, inflama al niño para que se lance a buscar a su papá y exigirle cuentas.

Aunque es el héroe saliendo de su mundo ordinario —cuan ordinario pueda ser un sitio así— para ir al mundo desconocido, El Chaparro sigue siendo niño, y en ese sentido abandona lentamente dos mundos: por un lado huye de la fatalidad polvorienta que lo consume lentamente en Pabellón, pero al hacerlo también va abandonando el territorio de la inocencia infantil.

Dice el propio Boone:

El niño escucha cómo emergen desde un pozo las voces de los incontables desaparecidos del pueblo, víctimas de una ola de violencia que amenaza con aniquilarlo todo, con reducirlo a muerte y cenizas.

La voz de Librada, que resuena en El Chaparro y la dureza de la narración se clavan en el lector como heridas profundas que no cierran con el libro.

Quizás El Chaparro es una figuración de la vida en México: un chiquillo abandonado por sus padres, que no sabe a ciencia cierta qué nombre se le dio al nacer, o qué apellidos lo acompañan, al menos no con la certeza que los niños suelen tener al saberlo, caminando en una oscura carretera para tratar de encontrarse a sí mismo. No es casualidad que la palabra soledad sea el núcleo del título.

‪A pesar de ser breve —por lo brutal, seguro: tal dureza se administra mejor en dosis pequeñas—, es imposible devorar Toda la soledad del centro de la tierra: hay que pasar lentamente y con mucho cuidado cada pasaje, desenvolver cada figura y digerir cada momento. El efecto poético es el modo perpetuo de la lectura. Una auténtica perla que surge del dolor.

 

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